En el ámbito del diagnóstico por imagen, tanto la tomografía como la radiografía son herramientas fundamentales para la evaluación de estructuras internas del cuerpo. Sin embargo, aunque ambas técnicas utilizan rayos X, presentan diferencias significativas en cuanto a su tecnología, resolución, aplicaciones clínicas y capacidad diagnóstica. Comprender estas diferencias es esencial para elegir el estudio más adecuado según el cuadro clínico del paciente.
Principios técnicos de la tomografía y la radiografía
La radiografía convencional se basa en la proyección de un haz de rayos X a través del cuerpo, generando una imagen bidimensional sobre una placa digital o película. Las estructuras más densas, como los huesos, absorben más radiación y se observan más blancas, mientras que los tejidos blandos y el aire permiten mayor paso del haz y se visualizan en tonos más oscuros.
Por su parte, la tomografía computarizada (TC) utiliza un tubo de rayos X que gira alrededor del paciente mientras múltiples detectores captan las señales desde diferentes ángulos. Estas señales se procesan digitalmente para reconstruir imágenes transversales del cuerpo en alta resolución. A diferencia de la radiografía, la tomografía permite visualizar cortes anatómicos en tres planos e incluso generar reconstrucciones tridimensionales.
Resolución y capacidad diagnóstica
La tomografía ofrece una mayor resolución espacial que la radiografía, permitiendo observar detalles anatómicos con precisión milimétrica. Esta cualidad es especialmente útil para detectar lesiones internas, tumores, hemorragias, fracturas ocultas o patologías complejas que no serían evidentes en una imagen radiográfica simple.
En cambio, la radiografía es más limitada en cuanto a definición y contraste entre tejidos blandos, pero resulta útil para evaluar estructuras óseas, articulaciones y algunas condiciones torácicas como neumonía, derrame pleural o colapso pulmonar. Además, por ser más rápida y económica, se utiliza con frecuencia como primera línea diagnóstica.
Aplicaciones clínicas específicas
La radiografía se emplea habitualmente en traumatología para el diagnóstico de fracturas, luxaciones y enfermedades óseas degenerativas. También se utiliza en el control de dispositivos médicos como catéteres, sondas o tubos endotraqueales, así como en la evaluación inicial del tórax o abdomen en situaciones de emergencia.
La tomografía, por su parte, tiene aplicaciones más amplias y complejas. Es fundamental en el diagnóstico de lesiones cerebrales, enfermedades vasculares, tumores, enfermedades abdominales, torácicas y musculoesqueléticas. Además, puede combinarse con la administración de medios de contraste para mejorar la visualización de vasos sanguíneos y órganos internos, lo cual es imposible con una radiografía convencional.
Diferencias en dosis de radiación y duración del estudio
Una diferencia relevante entre ambos métodos es la dosis de radiación. La tomografía implica una mayor exposición que la radiografía, debido a la complejidad del equipo y la cantidad de imágenes obtenidas. Por esta razón, su uso se justifica solo cuando los beneficios diagnósticos superan los posibles riesgos, especialmente en pacientes pediátricos o en estudios repetidos.
En cuanto al tiempo, una radiografía puede realizarse en pocos segundos, mientras que una tomografía requiere entre cinco y veinte minutos, dependiendo del área a evaluar y de si se utiliza contraste.
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